#10: Afecto disfórico
Ensayos sobre la juventud y belleza como monedas de cambio en una era de cuerpos bajo examen, la indignidad de las apps de citas y las dificultades del encuentro en el siglo XXI.
Por qué no puedo parar de pensar en ser más linda
por Abril Chiesa (@un_heladito)
No fui una adolescente estereotípicamente atractiva y me crié en la tierra de los trastornos alimenticios. Se escucha mucho que Argentina es el segundo país, después de Japón, con más TCA del mundo. Si bien no hay investigaciones recientes que lo comprueben, los argentinos sabemos que tenemos una obsesión por la delgadez como estándar de belleza que es mucho más dominante que en otras latitudes. Nunca fui flaca y tuve que crecer con la pena de diversas señoras, mujeres jóvenes y hasta tipos que se angustiaban al conocerme o tratarme porque era “tan linda de cara, tan alta, pero…”. Tenía tanto potencial desperdiciado. Recordemos que, siendo mujer, tu capital erótico es casi el único ápice de poder que tenés cuando ingresás en el mundo de los jóvenes-adultos.
A los 19, luego de una crisis de identidad post terminar el colegio, adelgacé unos kilos y me ilusioné. Creí fehacientemente que la vida sería como prometían esas mujeres de mi familia que me pedían en cada almuerzo que comiera un poquito menos: un abanico de oportunidades. Era linda, alta y ahora flaca. Finalmente, el mundo sería mío. Rápidamente me di cuenta de que no, de que la lista de cosas que tenía que tener en cuenta para lograr conquistar el mundo femenino y así también poder manipular el masculino era larga, interminable. Como la escena de Mean Girls (2004) en la que las chicas más populares y atractivas del colegio se apuran luego de clases para mirarse en el espejo y nombrar todas las cosas que no les gustan de su cuerpo, la experiencia femenina te pide que nunca bajes la guardia con casi nada de tu aspecto, porque si no te irás al cajón de las no deseadas. Y siendo adulta, ya nadie te mirará con pena: ya no serás una promesa con potencial, simplemente no serás.
“¿Qué me haría más linda? No me halaguen, sean brutalmente honestos”. En TikTok, chicas de 13 años —con todo el colágeno en el lugar correcto— comparten su rutina de skincare. Algunas van un paso más allá y piden ser evaluadas estéticamente. Ya no sólo se trata de mostrarse, sino de ponerse en revisión pública. La mirada de desconocidos funciona como espejo.
Mientras tanto, la llegada del Ozempic es la coartada perfecta para volver a hablar de cuerpos. La inyección para bajar de peso convive en el mismo ecosistema digital que promueve el mandato de estar fit: levantar peso, consumir proteínas, evitar carbohidratos. El País tituló hace unos meses: “Menos spinning y más entrenamiento de fuerza: por qué las mujeres musculadas serán la nueva normalidad”. Estar “en forma” siempre fue un ideal de belleza. La escasez de grasa corporal no sólo se asocia a la salud, sino al autocontrol, al éxito, al deseo y a la prolijidad. En las redes coexisten, sin demasiada contradicción, discursos que promueven el entrenamiento intenso, la delgadez extrema facilitada por fármacos, la “energía femenina” asociada a la pasividad y el auge de las trad wives, mujeres que performan una feminidad de los años cincuenta. Más que tendencias aisladas, parecen capas superpuestas de un mismo régimen estético.
La cuarta ola feminista puso muchos de estos modelos en discusión. En ciertos espacios se volvió de mal gusto, y hasta poco inteligente, evaluar cuerpos. Pero el alivio duró poco. “Ese corto verano de la diversidad corporal, donde parecía que triunfaba la idea de la diversidad en todo sentido, fue importantísimo porque abrió un horizonte de vida más vivible para muchas personas. Los movimientos sociales le dieron sustento a este corto verano en términos de lo mediático pero que tenía décadas y décadas de trabajo y movimiento social construyendo”, expone la Doctora en Estudios de Género y activista Laura Contrera.
Rápidamente, el mercado absorbió esa crítica, se la apropió y la tradujo en el body positive como estrategia de marketing. Así es como aparecieron en los últimos años otros cuerpos en pasarelas y campañas. Pero a cada avance emancipatorio suele seguirle una reacción conservadora. Naomi Wolf lo formuló así: cuando las mujeres ganan poder, surge una nueva forma de control, la presión estética. No resulta extraño entonces que a la generación que llenaba de glitter verde sus rollos frente al Congreso le siga otra fascinada por la clean girl aesthetic, es decir la moda que promueve lo prolijo, lo minimalista, lo “natural”.
La obsesión femenina por su imagen no es una novedad, pero ahora hay que adaptarse al vertiginoso camino de las actualizaciones constantes en las tendencias estéticas. Durante años se sostuvo que la belleza era un don y que había un “pico” —generalmente en la juventud— después del cual todo iba para abajo. La ley de gravedad así lo dicta. Hoy, sin embargo, el mandato parece haber mutado: no basta con alcanzar un estándar, hay que aumentarlo. No se trata solo de estar buena, sino de estar cada año un poco más y mejor.
“Las mujeres estamos sometidas a un régimen de visibilidad que asocia nuestro valor a encarnar ciertas formas corporales. Las prácticas estéticas no son simples elecciones privadas, sino respuestas estratégicas al sistema. El mercado absorbe la crítica cuando logra que la belleza funcione como una ‘economía’ en la que las mujeres son evaluadas en una escala jerárquica. Si la belleza opera como ‘modelo cambiario’ (como el dólar), entonces el debate deja de ser ‘por qué existe este criterio’ y pasa a ser ‘cómo optimizo mi valor dentro de ese sistema’”, explica la filósofa Danila Suarez Tome.
En un presente donde el cuerpo de la mujer funciona como accesorio de moda y de cambio y en el que el valor de una persona parece medirse cada vez más en términos exponencialmente económicos, no es extraño que el ideal de belleza y éxito sean las celebridades tipo Kardashian, millonarias y súper operadas. Como en los noventa con el corte de Jennifer Aniston, ahora la foto de referencia es quirúrgica.
Pero, ¿cuál es el costo subjetivo y político que tiene que la belleza siga funcionando como moneda social? “Subjetivamente, el costo es vivir el cuerpo como examen: autoobservación constante, vergüenza disponible, ansiedad por fallar, y una captura enorme de tiempo, plata y energía psíquica puesta en volverse aceptable. Políticamente, el costo es que esa energía se privatiza: en vez de discutir por qué el valor social está pegado a la apariencia, terminamos compitiendo por puntaje dentro de la misma regla. El problema aparece como gestión individual, no como mandato que nos disciplina”, agrega Suarez Tome.
¿Cómo encontrar forma de habitar una autonomía sin caer ni en la condena moral ni en la idea de elección libre absoluta? Suarez Tomé propone que una buena salida es dejar de tratar la autonomía como “o sos libre o sos víctima”.
“Hay que pensarla como autonomía situada/relacional: nuestras decisiones se arman en redes de vínculos, expectativas, jerarquías y opciones efectivamente disponibles, no en el vacío. En ese marco, ‘elegir’ una práctica puede ser genuino y, a la vez, estar modelado por normas que te prometen reconocimiento social a cambio de disciplina —o castigo si no cumplís—. Esto evita la moralina porque no te obliga a juzgar a la persona y, al mismo tiempo, evita la fantasía de la elección pura, porque muestra cómo el disciplinamiento muchas veces opera como algo ‘voluntario’ para poder habitar espacios sin fricción. Hoy el mandato suele camuflarse como autocuidado, como si el ideal patriarcal no influyera porque ‘lo hago por mi’. Autonomía, entonces, no es ausencia de influencias: es capacidad de agencia con conciencia de esas influencias y con margen real para negociar, resistir o redefinirlas”.
Por último, Laura Contrera no coincide con que la narrativa del glow up —actualización estética constante— sea algo nuevo pero sí en que su velocidad en el presente cumple una función apaciguante. “No es novedosa la cultura del glow up en sí misma porque refiere y reinterpreta discursos ya disponibles sobre la belleza sobre el género, sobre ideales normativos en general. Tiene una función tranquilizadora en tiempos de incertidumbre social, donde la puesta por lo colectivo se demoniza, o se queda sin una retórica atrayente, entonces la salida individual se impone, es una narrativa que ya conocemos, ya existía y toma esta forma actual. Los cuerpos están sometidos a una preproducción y a una postproducción que es constante en una modulación continua e imposible, porque el ideal no existe encarnado. Nunca lo vamos a encarnar”.
Con la velocidad que tomaron los cambios de tendencias, no sería raro que, en los próximos meses, lo “bello” vire a lo anti cirugías o anti tratamientos invasivos. Pero incluso ese corrimiento no implicaría una salida del régimen estético, sino apenas una reconfiguración de sus reglas: la naturalidad como nuevo lujo, la piel “sin intervenir” como signo de privilegio. Las cirugías ocuparan un lugar de vulgaridad, al ser en el presente de acceso popular.
“Las tendencias parecen moverse más rápido, hay una búsqueda constante de novedad y distinción. Una práctica se vulgariza si se vuelve más accesible a más personas, si se vuelve moneda corriente. Como los rellenos de labios o unas las enormes que ya pasaron de moda”, cierra Contreras.
Luego de este duelo que tuve que vivir a mis casi 20 años —entender que no bastaba solo con controlar mi peso para ser un objeto de deseo—, pude empezar a habitar mi estética con más autoridad. Fuck it, empecé a elegir cómo quería verme y hasta volví a engordar bastantes kilos. Ya no iba a basarme en la expectativa de gente demodé.
Si bien empecé a habitar mi cuerpo y mi sensualidad con mucha más autonomía, la exigencia nunca desapareció. Sigo pesándome todas las semanas (a veces varias veces en la misma semana), sigo sintiendo culpa en algunas ocasiones cuando como harinas. Hago peso en el gimnasio y me obsesioné un poco con consumir más proteína. A veces veo alguna foto o algún video en el que siento que no salí sexi y se me caga el día.
No creo que exista una solución a estos pensamientos u obsesiones involuntarias que tenemos las feminidades —y, en general, las personas—: vivimos en comunidad y necesitamos que nos elijan. Para lograr que esto suceda, creemos que tenemos que hacer artilugios estéticos e intelectuales. Es así, y seguirá siendo así.
Pero sí creo que ser consciente de que es una exigencia exterior, no tuya —de que no hay una meta a la cual vayas a llegar en la que tu mente pueda descansar y decir “lo logré, gané la batalla estética, soy lo más atractiva que podría ser”— hace que los pensamientos rumiantes menguen, no te machaques de más cada vez que te comés dos porciones de torta y puedas vivir tu vida.
Un disco para acompañar esta lectura: Es Mentira (2002), de Miranda!
Afecto disfórico (parte I)
por Joel Álvarez (@joelalvarxz)
«En febrero de 2025, el paciente se presentó con un cuadro de ansiedad aguda, caracterizada por ideación intrusiva, rumiaciones en torno al abandono y la convicción fija de que el afecto recibido es siempre provisorio y destinado al colapso. El afecto se muestra lábil, con oscilaciones entre breves estados de euforia y caídas abruptas en la desesperanza, a menudo detonadas por pausas percibidas en la comunicación. El paciente reporta episodios de desrealización leve, descritos como “perder el marco de la realidad”, así como ataques de pánico recurrentes.
Ante la severidad del cuadro, se indicó Sertralina, 100 mg diarios, con potenciación mediante Aripiprazol, 5 mg diarios, como estrategia de urgencia para acelerar la respuesta terapéutica. Asimismo, se prescribió Clonazepam, 0,50 mg según necesidad en episodios agudos de ansiedad y crisis de pánico.
La impresión clínica sugiere una estructura de personalidad atravesada por una autoexigencia elevada, una autoimagen inestable y un sentimiento persistente de indignidad. Los mecanismos defensivos incluyen la intelectualización y la elaboración narrativa compulsiva, articulados pero insuficientes para contener el afecto disfórico. Se evidencian tendencias melancólicas. El pronóstico permanece indeterminado, condicionado a la capacidad del paciente de diferenciar las dinámicas relacionales externas de las proyecciones internalizadas de traición y fracaso».
El paciente al que se refiere este informe soy yo. Las prescripciones son reales, las oscilaciones son mías, la certeza de que el afecto se derrumba ante el menor retraso en un mensaje es solo mía. Como comentario agrego únicamente que, en mi caso, el pánico no parece una respuesta inapropiada al proyecto de ser amado en el siglo XXI.
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Ayer le dije a mi analista que, dentro del mercado afectivo, me muevo como si fuera el siglo XX y todos los demás estuvieran en el siglo XXI. Quizás sea porque nací justo entre el final de un siglo y los albores de otro. Le explico que lo que busco se acerca más a los ideales del siglo pasado —una relación duradera y relativamente segura cuya institución máxima es el matrimonio— que a las colecciones de matches, swipes y perfiles de Instagram que abundan hoy en día y que, en la mayoría de los casos, no llevan a más que un encuentro casual y olvidable.
Hoy, un perfil de Tinder es fundamentalmente un producto. De hecho, no hay ninguna diferencia entre un perfil de la app y una publicación de Mercadolibre: una galería de fotos del producto en exhibición, una breve descripción, una ficha técnica con sus características —medidas no faltan en ninguno de los dos casos— y algunas frases diseñadas para convencer al otro de quedarse, de tocar el botoncito verde que nos lleva a la felicidad absoluta: el amor o la compra. El swipe, al igual que el botón de Comprar ahora o Agregar al carrito, es una decisión de consumo.
Y sin embargo soy un usuario activo de las apps de citas, como casi todas las personas que conozco. Hoy en día, unas 366 millones de personas utilizan apps de citas. Tinder se volvió la más paradigmática y popular: presente en 197 países y valuada en 3000 millones de dólares, fue descargada 530 millones de veces y procesa la información de 75 millones de usuarios (dos tercios de los cuales son menores de 35 años), que producen 26 millones de matches y 4000 millones de swipes al día. La promesa de ésta y otras apps de citas —las más usadas son OkCupid, Grindr, Happn o Bumble, cada una con sus features distintivas— es la conexión instantánea y la posibilidad de encontrar el amor en la masa aparentemente interminable de personas que las usan diariamente. Es cierto, como afirma el sociólogo Joaquín Linne en La reinvención del amor (2025), que las apps de citas democratizaron el mercado afectivo y permitieron a los usuarios trascender las fronteras de género, edad y ubicación para poder relacionarse. ¿Pero conexión? ¿Cuántas parejas formó Tinder en la vida real? ¿Cuántos vínculos reales, cuántos noviazgos sólidos, cuántas nuevas alianzas monogámicas ha constituido? A priori, el resultado lógico parecería indicar una creciente e interminable red de contactos románticos, de parejas formadas, de fraternización entre hombres y mujeres, hombres y hombres, mujeres y mujeres. Pero los datos de Tinder son inversamente proporcionales a cuánto se coge, cuánto se sale y cuánto se ama hoy en día. En Argentina, la mitad de la población económicamente activa es soltera, al igual que la mitad de la población joven y adulta de las grandes ciudades del mundo. En la Ciudad de Buenos Aires, hay más divorcios que casamientos, según datos del INDEC relevados en 2023.
Le relato todos estos datos a mi analista. Surge una pregunta: ¿por qué el deseo de amor “a la antigua” colisiona tan violentamente con los mecanismos contemporáneos de encontrarlo?
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Mucho antes de que existiera Tinder, un joven Goethe publicó “Las penas del joven Werther”, historia de amor que terminaba trágicamente y que fue furor en los jóvenes alemanes del siglo XVIII. La obra fue tan popular que su final provocó una ola de suicidios en la Alemania ilustrada.
En los años 90, la forma más común de conseguir pareja era a través de conocidos o en espacios de socialización. Claro que cuando conocías a alguien por medio de un amigo o amiga, si el celestino hacía mal su trabajo, pagaba el costo social. En las citas online no hay quien reciba quejas ni reproches.
Hoy, el amor —se conquiste online o en la vida real, si es que hay una distinción entre ambas— sigue siendo el tema principal del que se ocupan cientos de películas, canciones, discos, libros y muestras de arte. En West End Girl (2025), el último disco de Lily Allen, el corazón narrativo es la separación —tan pública como dolorosa— que vivió la cantante británica tras descubrir las supuestas múltiples infidelidades de su exmarido, el actor David Harbour. El disco se asemeja a un cuento o una obra de Broadway en la que no sólo exploramos las etapas del duelo de la relación, sino también las consecuencias de enfrentarse al mundo de la soltería, una vez más, con particular atención por las apps de citas. Canta Allen en “Dallas Major”: “My name is Dallas Major / and I’m coming out to play / looking for someone to have fun with / while my husband works away. / I’m almost nearly forty / I’m just shy of five-foot-two / I’m a mum to teenage children / Does that sound like fun to you? / ‘Cause I hate it here / I hate it here / I hate it, I hate it”. La autora de “Alright, Still” (2006) no se guarda el evidente desdén que siente hacia las apps de citas y llega a ironizar sobre su propia necesidad de validación al navegarlas. También tiene mucho que decir sobre la sensación de indignidad persistente que uno siente al recurrir al catálogo de carne humana que son las apps, particularmente después de una ruptura amorosa: “You really sold me on a dream / and now I’m looking at my Tinder / or maybe I’m more of a Hinger / he wants to take me out to dinner / hope he looks better than his picture”.
En Amores materialistas (2025), la última película de Celine Song, Dakota Johnson interpreta a una casamentera que trabaja para una empresa dedicada a formar parejas. Como Tinder pero con un filtro humano, una persona de carne y hueso que acompaña a las mujeres —y algunos hombres— en el proceso. En una de las escenas más punzantes, la celestina se harta de una clienta particularmente difícil y le dice: “Esto no es un auto o una casa. Estamos hablando de personas. Las personas son personas, son personas, son personas. Vienen como son. Y todo lo que puedo esperar encontrar para vos es un hombre que puedas tolerar durante los próximos 50 años, que te soporte en absoluto. Y no sos un buen partido, porque no sos un juego de fútbol”.
Las personas vienen como son. Es una frase que en el contexto de las apps de citas suena casi subversiva, porque en Tinder nadie viene como es: viene como se editó. El perfil es una versión curada, optimizada, despojada de todo lo que podría espantar a un match potencial. Nadie sube la foto en la que salió con ojeras. Nadie escribe en la bio que llora seguido o que tiene miedo de que el afecto se termine. La promesa de la casamentera —personas que vienen como son— es exactamente lo que el mercado afectivo contemporáneo hace estructuralmente imposible. Y quizás por eso la película existe: como elegía de una forma de relacionarse que ya no tiene lugar.
Por otro lado, quizás no sea cierto que las apps de citas hayan democratizado el mercado afectivo. Después de todo, ¿no somos más propensos a elegir parejas según los niveles que consideramos aceptables de clase social, educación y capital erótico?
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Esta crónica-ensayo tiene una segunda parte. Sigue en el próximo Postcringe.
Un disco para acompañar esta lectura: Chin up Buttercup (2025), de Austra.









entre toooodas estas contradicciones de nuestra época, cuando cumplí 25 empecé a sentirme vieja. Fue /y es/ horrible porque no la siento propia esa voz, y todavía la sigo escuchando.
❤️🔥 Gracias por ponerle palabras y así ayudarme a desenredarlo !