#11: Buenos Aires zombie
Crónica y ensayo sobre el fin del deseo, el estado postapocalíptico de los medios culturales y el mundo moderno de las citas, la medicación psiquiátrica y el trabajo de Tinder.
¿Qué hay donde termina el deseo?
de Abril Chiesa (@un_heladito)
Siempre amé esta ciudad, desde mis primeros recuerdos a primeras horas de la mañana, buscando detalles en la gigantografía de Carlos Gardel de Figueroa Alcorta y Tagle, mientras en el Golf verde de mi papá sonaba radio la Red. Me encantaba el parque San Martín, el parque Lezama, la plaza Castelli, incluso cuando jugar en la inmensidad de un arenero me producía una presión en el pecho tenaz. Me encantaba viajar en tren a Retiro y ver de un lado la zona más rica de CABA y del otro la Villa 31. Me encantaba, aunque me quejara, que mi mamá me obligara a caminar y caminar por todos lados, tomarnos bondis de cuarenta minutos, sentarnos en cafés y pedir tostados. Me encantaba que me manden sola al supermercado y tardar mil años porque me distraía saltando baldosas levantadas por la fuerza de raíces de árboles gigantescos.
A los diecinueve empecé a sentir que era mía. Buenos Aires, una amante voluptuosa y excéntrica, que me arrastraba como una avalancha, me enloquecía y después me dejaba en casa, rota, tomando café, mirando por la ventana. Seamos honestos: la nostalgia agridulce de estar adentro, aborreciéndola, extrañándola, también es erotizante. Ese año empecé a salir sola, a ir a bares, a observar y tomar notas en mi cabeza. A vivir fantasías de deseo que a veces duraban unos pocos minutos pero que eran mi alimento toda la semana. También empecé a escribir. Siempre escribí pero a los diecinueve me di cuenta de que escribía. Nunca soñé con ser periodista pero de alguna forma tenía coherencia con mi inagotable curiosidad, con mi amor por esta ciudad y la urbanidad. Coherencia con mi pasión por la observación, por la furia, por el patetismo, por lo cutre, por lo roto, por lo caótico, por lo desarmado, por lo sucio, por lo bello, por lo imperfecto. Tenía sentido estudiar eso, combinar mi férreo deseo de ser artista pero también mis ansías de control, mi necesidad de estructura, de saber en dónde estaba parada y qué deparaba el siguiente día. La idealización de esta profesión vino también, para qué mentir, de las pelis. Comedias románticas donde la protagonista era fantástica, elegante, divertida y trabajaba en una redacción. Pero también otras menos superfluas, donde el lugar de los medios era muy determinante para el desarrollo de la trama: Ciudadano Kane, Sucesión, Spotlight, o por qué no Almost Famous. Allá por 2015 cuando empecé a estudiar pensé que mi vida podría llegar a verse así: estimulante, glamourosa pero también trash e impredecible. Sobre todo pensé que había encontrado una profesión que me iba a dar un propósito. Contar historias sobre el entramado de la contracultura porteña me parecía una tarea noble, algo que alimentaba el relato de la sociedad.
“Los medios están haciendo marketing de contenido, no están haciendo periodismo. Lo que venden los medios ya no son noticias, sino suscripciones.”
Luis es editor del Suple NO de Página 12.
“Solía haber un día a la semana en el que me quedaba en mi casa escuchando discos, uno atrás de otro. Recopilaba todos los discos que me habían llegado en físico la semana anterior y los escuchaba. Mientras tanto, leía sobre cada banda. El ritmo más lento permitía que hablaras con colegas y discutieras un disco con otro editor o periodista de música, masticar la cosa. Reflexionar antes de escribir. Hoy le hacen la misma nota cinco veces a un artista, donde se cuenta cinco veces la misma historia. O sea, se hace un laburo muy genérico, sobre todo en el periodismo cultural. Hay poco tiempo. Agarro la gacetilla que me llegó a la mañana, la leo, pienso dos preguntas, se las mando al artista, lo escribo en diez minutos y listo, porque después tengo que hacer otra cosa y después tengo que escribir qué pasó con Wanda Nara.”
Es viernes, trabajé toda la semana, no tuve eventos sociales, no fui ni al gym. Recientemente, la idea de hacer un burpee en un espacio con luz blanca me empezó a dar escozor. Mi primer plan semanal es ir a ver El diablo viste a la moda 2, el día más frío del año. La sensación térmica está debajo de los cinco grados pero igual decido caminar. Me pongo mi tapado más largo, un gorro abrigado y emprendo viaje al departamento de una amiga que vive a casi 30 cuadras de mi casa. Estoy intentando algo —un gesto desesperado, como esas parejas que empiezan a ir a terapia juntas—: caminar. Quizás así logro reconectar con mi sensación de romance con la ciudad. Cenamos unas empanadas baratas y nos vamos al cine, que queda a unas pocas cuadras.
The Devil Wears Prada, la uno, es una obra maestra contemporánea. Es una película redonda. Un film mega pochoclero que toca temas profundos que atraviesan la vida de casi todos los adultos: ¿Cuánta identidad estás dispuesta a perder para cumplir un sueño profesional? Nos interroga sobre el costo del éxito, las transformaciones personales que sufrimos a causa de nuestras decisiones profesionales, el desgaste que pueden sufrir nuestros vínculos cuando estamos intentando demostrar algo. Todo lo hace de una manera muy sútil y divertida, sugiriendo estas temáticas; nunca mencionándolas directamente.
Al final de la película, cuando Meryl Streep le dice a Andy, “Don’t be stupid, Andrea. Everybody wants this. Everybody wants to be us”, le está diciendo que para ella vale la pena todo lo que pone en juego con tal de ser una leyenda, un ícono referente de la industria de la moda. Pero Andrea decide que no quiere esa vida para ella, que no está dispuesta a convertirse en alguien exitosa pero también temida, hermética y muy solitaria. Las dos posiciones son entendibles, es un conflicto de valores. Miranda sacrifica vínculos personales, pero es coherente con su ambición. El impacto de su carrera justifica el sacrificio: ella encuentra identidad en el poder y la excelencia. Andrea critica ese mundo, no cree ser así, pero se aprovecha de los beneficios de la frivolidad mientras le conviene. Hasta que Miranda con una frase le recuerda que ya no hay diferencia moral entre una y la otra y ahí ella se baja de ese auto y tira el celular en una fuente parisina. Pero la peli no termina ahí: termina con una mirada entre ellas dos. Andrea comprende el camino de vida que eligió Miranda y lo respeta. A pesar de la crueldad, de la personalidad de villana de Presley, Andrea pudo ver su humanidad. Y así la vemos también nosotros, los espectadores de la película.
Nunca espero mucho de una secuela, pero con la sorpresa que fue Freaky Friday 2, pensé: quizás me sorprendo. Cuando termina la proyección, tipo 1 am, sentada en esa butaca, me doy cuenta de que lo que siento no es decepción por haber pagado una entrada de cine para ver algo que no fue lo que esperaba. Si no, más bien, crisis existencial.
El diablo viste a la moda 2 hace foco en las tensiones de los medios en la actualidad: un ecosistema donde el clickbait define presupuestos, jerarquías y quién conserva su trabajo. Una industria atravesada por la cultura de la cancelación, nuevas moralidades convertidas en norma y una precarización que deja cada vez menos margen para el periodismo de investigación. En ese contexto, cada trabajador de una revista parece reducido a su rendimiento inmediato: si no suma, no genera clics ni ruido, queda afuera. No importa su talento ni su ética laboral. Pero lo que más me deprimió no fue ver tan crudamente la realidad paupérrima de la industria de las noticias, el entretenimiento y el arte. Sino que criticaron el presente haciendo exactamente lo que critican: un guión que parece sacado de ChatGPT, sin ni una sola metáfora, bien literal y con personajes planos que parece que tuvieran doce años de edad mental.
“Los directores de los diarios mandan indicaciones de arriba a abajo: hay que escribir corto, hay que publicar mucho y hay que tratar de participar de todas las conversaciones posibles. Entonces eso lleva a que vos ese tiempo estás preparando una nota, ahora tenés que hacer 10 notas, 15 notas, 20 notas. Eso no tiene necesariamente que ver con dinero, también hay criterio periodístico aplicado, dueños de empresas y editores de medios y de secciones que deciden que sus medios y secciones se manejen así, en estado de completa histeria. Hay una automatización general que tiene que ver con presupuesto, pero también tiene que ver con decisión. No le echaría la culpa solo a una cuestión económica. Hay una cuestión política detrás de eso. En las últimas décadas, los medios se acercaron cada vez más al espectáculo y se fueron alejando del periodismo, al punto de que el último tipo de medios que surge, que es el streaming, es un formato más parecido al espectáculo. El periodismo entregó su valor intrínseco de hacer periodismo, de obtener información, de ser valioso para la población para convertirse en una fábrica de clickbait. Si vos ves el macro, decís, un diario, un canal de televisión, una emisora de radio, antes tenía la capacidad de imponer agenda en sectores grandes de la población, hoy son máquinas de reaccionar a cosas, nada más”, me dice Luis.
Es sábado y también hace frío. Soñé dos noches seguidas con billeteras de distintos tamaños. Una me la intercambiaba con un ex. Él me daba la suya y yo le daba la mía. Otra era una billetera gigante de una chica muy top —hegemónica, popular, también muy insegura— que conocí en mi corta estadía en Madrid. En el sueño ella me mostraba amuletos que llevaba dentro la billetera, ninguno era dinero. En ninguno de los dos sueños las billeteras tenían una función en la trama, pero estaban ahí, en primer plano. La simbología que le otorgo cuando me levanto es la más obvia: estoy obsesionada con la plata, o, quizás, con la falta. Me invade un deseo, o una urgencia, dopamina rápida. Quizás tener una noche medio aventurera, emborracharme, coger sin ninguna pretensión emocional o probar alguna droga me rescata. Le escribo a un chongo de 2023 con quien a veces chateo, que tiene novia. Después de escribirle, me deslogueo de Instagram enseguida, como alguien que entró a un Todo Moda a robarse algo y necesita irse lo más rápido posible. Una amiga me invitó hace unos días a una muestra organizada por The Walking Conurban —aka Marcos López— en una galería de San Telmo. Me da fiaca la hora de transporte público que separa mi casa con el sur de CABA, pero quedarme sola, adentro, conversando con mi neurosis es una mala idea. En un ímpetu de no deprimirme más, me pido un Didi, el único hábito burgués que las chicas podemos permitirnos en esta economía. Acepta un chofer llamado Hermoso. Me alegro. Me alegra que algo banal me distraiga de la angustia. Lo espero cinco minutos hasta que me cancela el viaje. Reconozco la derrota y espero el 39 cagada de frío. En la muestra hay muy pocas personas, mi amiga, su novia, un compañero de una clase de fotografía de mi amiga. En todos lados somos pocos. Estamos cansados. Los que sostenemos el entramado de la gran oferta cultural de esta ciudad lo seguimos haciendo. Con cansancio, con hartazgo, con enojo. Vamos a los lugares como zombies, pero igual vamos. Hablamos de lo mismo, de lo mucho que amamos Buenos Aires pero de lo difícil que está confiar en que hay un futuro. Un futuro económico, un futuro vincular, un futuro.
“Hay un contexto político violento, de conversaciones violentas, nefastas. Un contexto económico que es absolutamente adverso. Nadie tiene tiempo, ya no debatís de las cosas. Tenés encima la amenaza de la inteligencia artificial, la amenaza de que el periodismo murió, de que la información está en las redes, de que a nadie le interesa hacer periodismo escrito, que todo es streaming. Entonces, ¿Cómo no van a estar todos hechos pelota emocional e intelectualmente los que trabajamos en medios? Si en lo económico estás precarizado, estás explotado y en lo político estás desamparado, sometido a la violencia. Bueno, entonces, en este panorama, que es muy de mierda, todos están cansados y todos están quemados y todos están dudando de que lo que hacen tiene sentido”, reflexiona Luis.
Vuelvo a mi casa de la muestra borracha, un poco más contenta. Entiendo a los adultos que en el 2001 se pasaban el día tomando botellas de cerveza. Finalmente empatizo con el enojo de todos los adultos que me crucé en la vida, soy uno de ellos. Vivo en carne viva como un contexto de crisis política y económica logra colapsar todas las esferas de tu vida. Amigos derrotados, vínculos románticos que no se arman porque ya nadie tiene fe en nada, y tan pocas oportunidades de progresar profesionalmente que se siente un clima de ley de la selva. La gente a la que le sale algo o que puede desarrollar un proyecto enseguida se transforma en un foco de envidia y quizás hasta es marginalizada. Mientras, la ilusión de que el verdadero progreso está al alcance de un click. Un dispositivo en el bolsillo que nos incentiva todo el día a humillarnos en redes sociales. Porque así sí, tendrías posibilidades de volverte rico. Como decía el muñequito de Telekino en las publicidades de la tele que miraba de preadolescente pasada la medianoche: ¿Y SI ESTA SEMANA TE TOCA A VOS? Todo me entristece pero sobre todo me confunde profundamente. ¿Debería ser tiktoker?
En la vuelta a casa escucho uno de los últimos audios que me manda Luis: “Nadie tiene nada tan interesante para decir tan seguido, viste. A veces es mejor callarse y esperar a tener algo y bueno, decirlo”.
Coincido con Luis: las cosas bien hechas llevan tiempo, no se hacen compulsivamente en un estado de histeria. Me recuerdo a diario que esa es mi bandera.
Un disco para acompañar esta lectura: Blue (1971), de Joni Mitchell.
Afecto disfórico (parte II)
de Joel Álvarez (@joelalvarxz)
Esta es la segunda parte de un ensayo de dos partes. La primera parte se puede leer acá.
En marzo de 2026, prácticamente un año después de haberme vuelto a medicar, tuve una cita. Elijo contar esta cita porque los hechos son tan absurdos, tan humillantes —humillantes en el sentido anglosajón de la palabra, humbling, de humildad— y tan desquiciantes que la única forma de olvidarlo es vomitarlo (digo bien: vomitarlo) a través del texto.
Al objeto de mis afectos de aquella lluviosa noche de marzo llamémosle T. ¿Qué tiene T.? A priori, T. tiene unas cejas imbatibles, gruesas y tupidas como la selva misionera más húmeda de todas. Tiene, también, un gusto atendible por el cine de los años 70 y opiniones fuertes sobre aproximadamente todos los temas que existieron desde el comienzo de la historia de la humanidad en adelante. Cuando hablamos, hablamos bien: discutimos el cine de Eric Rohmer y de Polanski, charlamos sobre a quién vimos y a quién evitamos en el último Lollapalooza y nos calificamos, del uno al diez, según qué tan malo nos parece el otro. Yo le digo que él me parece un siete sobre diez, es decir bastante malo, y él me dice algo que me deja helado: se nota que sos una persona sensible. La observación tiene un impacto glacial no tanto por la agudeza del comentario —bastante acertado, por otro lado—, sino por la precisión y rapidez con la que me sacó la ficha. ¿Es tan evidente que tomo tres medicamentos para no llorar todos los días? ¿Es tan notoria mi autopercibida falta de afecto, mi pánico frente a la posibilidad de no encontrar el amor nunca más? Al parecer, sí: según T., se nota incluso desde la forma en que saludo a las personas.
Cuando logro salir de mi estado de catatonia, volvemos a hablar. Nos miramos. Nos acariciamos. Nos reímos. La química sexual parece empezar a construirse: hay deseo en su mirada, de eso no me caben dudas. Y después, como siempre, la tragedia. Como una señal de advertencia o un síntoma de la conversión histérica, cuando pedimos la cuenta empiezo automáticamente a sentirme mal. Muy mal. El interior cálido y rojo del bar de escucha de vinilos palermitano en el que estamos empieza a girar sobre su propio eje, a pesar de que sé que los edificios no pueden hacer semejante movimiento; mi estómago se achica y se contrae y me pide arrojar todo lo que tengo dentro, que de todas maneras es poco. Pienso en las sustancias que ingresaron a mi cuerpo durante el día: me inyecté semaglutida —primer error—, comí unas tostadas con mermelada, una banana al mediodía y… ¿los dos negronis que me acababa de tomar? ¿Nada más? ¿Cómo es posible que una persona de 28 años se olvide de comer algo más en todo el día? Es la semaglutida, me digo, en un intento de racionalizar lo irracionalizable. Me pregunto si mi analista estaría más de acuerdo con esa teoría o con la de la conversión histérica. Me atraviesa una puntada en la cabeza, como un cuchillo, y me olvido de las teorías. Vuelvo a la mesita demasiado chica de este bar demasiado chico: trato de recomponerme. «Estás muy chivado», me dice, sin un dejo de amabilidad, mi acompañante. Me disculpo, digo me siento mal, digo perdón, digo voy al baño un momento. Me mojo la cara, intento vomitar. Nada sucede. El mareo recede, apenas un poco, y atino a salir a la calle. Lo llamo a T., que sigue adentro. Le explico que podemos irnos si logro calmarme, pero me siento fatal. Después de lo que parecen ser horas, tomo la decisión: necesito irme a mi casa. Explico que no doy más, que me voy a pedir un Uber, que disculpas otra vez. Él me mira como si toda la deserotización del mundo fuera capaz de cobrar forma en un hombre de un metro setenta. «Ajá, no hay problema». Mientras ocupo casi la totalidad de mi fuerza en sacar mi teléfono para pedir un auto, miro de reojo el suyo: también pidió un auto por una aplicación. Pensé, por un momento absurdo, en cómo se despide la gente en el siglo XX: en el umbral de una puerta, bajo la lluvia, con algo que decir o al menos con el gesto de quedarse hasta que el otro desaparece. Acá no hubo umbral. Hubo dos interfaces procesando el final del encuentro con la misma eficiencia con que procesaron el comienzo.
Pronto se hace evidente que T. tiene más suerte que yo, pues su auto llega unos minutos antes que el mío. Me saluda con un escueto «que te mejores» y su silueta desaparece, como si nunca hubiera estado ahí, en la oscuridad de la noche. Me siento pésimo, pienso. Espero mi Uber sobre Cabrera, apenas unos metros afuera del bar. Nadie me mira, a pesar de que debo estar visiblemente en mal estado. Sigo transpirando y a la vez tengo frío. Chequeo el celular: no hay ningún mensaje de T. diciendo algo remotamente cercano a “avisame cuando llegues” o “espero que te sientas mejor mañana”. Nada.
Cuando me subo al auto, lo sé inmediatamente. El conocimiento me golpea como un rayo. Es tan claro como el agua de la lluvia que cae hace más de media hora: voy a vomitar el interior entero de este Chevrolet Corsa 2006. No sé cómo, pero me trago el vómito hasta llegar a una intersección y le pido al chofer que pare, que voy a vomitarle todo el auto. Para. Me bajo. Me pongo en esa posición tan humillante, casi de cuclillas, abajo de la lluvia. Arrojo todo lo que tenía para arrojar: los negronis, las tostadas, la banana, todo el líquido que consumí durante el día. Mi vómito parece un proyectil que no tiene bien definido cuál es su target. Desafortunadamente, uno de los objetivos termina siendo mis Dr. Martens favoritos, que quedan empapados en la sustancia naranja y amarillenta. Atrás, la lluvia golpea fuerte el techo del Corsa, y el transcurso de la noche sigue como un cuchillo fino y afilado que se derrite, se derrite, se derrite.
Mantener un perfil —en Instagram, en Tinder, en cualquier red— es trabajo. Curaduría permanente, rendimiento constante, disponibilidad emocional sin horario. En el siglo XX, el trabajo afectivo tenía otra forma: una llamada telefónica a hora fija, una carta que tardaba días, un encuentro que requería coordinar agenda y transporte y voluntad. Era lento, era costoso, pero tenía bordes. La ausencia no se medía en minutos desde el último mensaje visto, no se leía en la pequeña cruz gris o el doble tilde azul que hoy codifican, con precisión quirúrgica, exactamente cuánto le importás al otro. En el siglo XX, la incertidumbre afectiva existía, pero era opaca. Hoy es transparente, cuantificable, en tiempo real. Hoy sabés, con la exactitud de una notificación, en qué momento dejaste de importar.
El precio de ese trabajo se paga, en muchos casos, en el consultorio del psiquiatra. En 2023 se vendieron 54,5 millones de psicofármacos en el país, según el Observatorio de la Confederación Farmacéutica Argentina. Dentro de ese volumen, los antidepresivos son los que más crecieron: en los últimos cinco años aumentaron un 111%. Los principios activos más recetados, como la sertralina y el escitalopram, muestran subas anuales de entre el 10 y el 12%. Aunque las estadísticas no distinguen edades, psicólogos y psiquiatras que atienden a adolescentes y jóvenes adultos confirman que la tendencia es real, visible y cada vez más alarmante. Sería deshonesto atribuir ese número a una sola causa: la Argentina de los últimos años acumula capas de malestar que exceden con creces cualquier aplicación de citas. La pobreza que no cede, el empleo que se precariza, la inflación que devora el salario antes de que llegue a fin de mes. Sin embargo, ninguno de esos factores explica por qué el crecimiento de los antidepresivos es especialmente pronunciado en poblaciones jóvenes y urbanas que, en términos materiales, no están necesariamente en el piso. Algo más está pasando, algo que los informes epidemiológicos no terminan de capturar porque no saben dónde buscar. Las categorías diagnósticas —ansiedad generalizada, trastorno depresivo mayor, episodio de pánico— describen síntomas pero raramente preguntan por el contexto que los produce.
¿En qué momento empezaste a tomar pastillas? ¿Fue antes o después de bajarte la app? ¿Fue antes o después de tu ex, de tu situationship, de su lovebombing, de su breadcrumbing? ¿Podés distinguir si lo que te recetaron es un tratamiento o un precio de entrada al mercado afectivo? ¿Estás siendo curado de algo o simplemente calibrado para tolerar lo intolerable? ¿Importa la distinción? ¿O lo único que importa es que, bajo la lluvia, vomitando en tus zapatos favoritos, tomando tres medicamentos al día, el pánico te sigue pareciendo una respuesta completamente razonable?
Un disco para acompañar esta lectura: Dime precioso (2024), de Alex Anwandter.







